SALAZONES EN LA PLAYA DE BELUSO ANTES DE LA LLEGADA DE LA CONSERVA Y LA ÉPOCA DE ESPLENDOR DE MASSÓ

Texto elaborado por Lucía Sotelo Nogueira, socia de la Asociación A Illa dos Ratos y Xulio Laiseca, propietario del restaurante A Centoleira. Fotografías cedidas por el propio Xulio Laiseca, incluida la del encabezamiento, que se corresponde a una vista de la playa de Beluso en 1968.

En la playa de Beluso, durante el siglo XIX, la vida giraba alrededor de la salazón. En los bajos de las casas se abrían pequeñas fábricas donde se salaba sardina, destinada sobre todo a otros puertos del Mediterráneo. Barcos cargados de sal llegaban a la playa y las mujeres lo transportaban en cestas de mimbre, mientras los pescadores descargaban el pescado del día.

La playa de Beluso, un lugar donde la memoria sabe a sal

Hubo un tiempo en que la playa de Beluso no era un lugar de paseo, sino de trabajo. En aquel tiempo, la costa de Beluso era un pequeño mundo industrial ligado al mar. Hacia el año 1850, existían en la zona entre diez y doce fábricas de salazón, incluyendo las de Mourisca y Ancoradouro.

Hasta bien entrado el siglo XX, alrededor de 1915 o 1920, el puerto estaba fuertemente influenciado por los fomentadores catalanes, expertos en la técnica de la salazón, que transformaron los bajos de las casas en auténticas factorías de pescado salado destinado a la exportación hacia Cataluña.

LA PLAYA DE BELUSO, MEMORIA Y SAL
Vista d e la playa de Beluso hacia 1910.

En ese contexto apareció la familia Massó, que comenzó su actividad en 1816 y acabó convirtiéndose con el paso del tiempo en una de las grandes industrias conserveras de Galicia y de Europa. Sus primeras factorías se instalaron en lugares como Mourisca y Roiba, desde donde la empresa fue ampliando poco a poco a su actividad hacia Cangas y Bueu.

A lo largo del siglo XIX, la actividad de Massó fue creciendo al mismo ritmo que la pesca de la sardina

Lo que comenzó como una actividad ligada a la salazón tradicional fue incorporando nuevas técnicas de conservación y una mayor organización industrial. A finales del siglo XIX, Salvador Massó y José Estévez de Beluso, primera generación del restaurante “La Vizcaína“, hoy “A Centoleira“, constituyeron una sociedad para la exportación y venta del pulpo procedente de su secadero de la Illa de Ons, desde donde este producto se enviaba hacia el Mediterráneo.

Fue entonces cuando Bueu comenzó a transformarse. Las antiguas fábricas de salazón dieron paso a factorías más grandes y mecanizadas, capaces de procesar grandes cantidades de pescado.

Durante décadas, la actividad de Massó marcó el pulso económico del pueblo: cientos de personas trabajaban en la fábrica y el puerto se llenaba de barcos descargando pescado destinado a las líneas de producción.

La historia de las antiguas fábricas de salazón de Beluso también refleja las dinámicas comerciales de la época

La factoría de la Roiba, cercana a la playa de Beluso, por ejemplo, fue vendida por los Massó con una cláusula que impedía retomar la actividad, evitando de esa manera la aparición de nuevos competidores.

De este modo, la empresa llegó a monopolizar buena parte del mercado de la zona, abasteciendo tanto a los comerciantes catalanes que regresaban a sus tierras como a los compradores franceses, grandes consumidores de la salazón gallega.

La empresa no solo creció en tierra. Con el tiempo desarrolló también su propia flota pesquera y amplió sus actividades hacia nuevos caladeros, lo que permitió a la conservera aumentar su producción y consolidar su presencia en los mercados internacionales. Las latas con el nombre de Bueu comenzaron a viajar mucho más lejos de la ría, llegando a distintos países europeos y americanos.

Uno de los episodios más singulares de esta expansión fue su incursión en la caza de la ballena durante el siglo XX. A través de su filial ballenera, la empresa llegó a operar barcos y factorías dedicadas a esta actividad en distintos puntos del Atlántico.

Aquella etapa, hoy vista con la distancia del tiempo, refleja hasta qué punto la empresa buscó nuevas formas de aprovechar los recursos del mar en una época de gran crecimiento industrial.

Con el paso de las décadas, aquel mundo fue cambiando. La pesca se transformó, los mercados evolucionaron y muchas de aquellas pequeñas salazones fueron desapareciendo o transformándose con nuevos usos.

En el caso de algunas instalaciones menores, los antiguos edificios pasaron a albergar escuelas, astilleros, carpinterías de ribera o almacenes relacionados con el trabajo del mar. Otras quedaron simplemente como construcciones silenciosas frente a la ría, testigos de una actividad que durante décadas marcó la vida del litoral.

Un caso singular es el de “A Centoleira, hoy un restaurante de referencia situado en la playa de Beluso. El establecimiento, conocido antiguamente como “La Vizcaína”, se asentó en unos terrenos adquiridos a finales del siglo XIX por Vicenta Laiseca Rozas “la vizcaína” y José Estévez Barreiro de Beluso al industrial de salazón Agustín Plá y Avalle.

LA PLAYA DE BELUSO, MEMORIA Y SAL
Restaurante “La Vizcaína” en 1959.

El lugar estaba registrado entonces como encascador y atadero de redes e incluía una estacada o secadero de aparejos con pilares de granito cerca del mar. La compra se realizó por 4.550 pesetas, pagadas en buena parte con monedas de plata, un detalle que aún hoy parece resonar como eco de aquel mundo comercial ligado a la sal y al pescado.

Los orígenes de Bueu están muy vinculados al mar a través de la pesca y su posterior transformación

Hoy, esa historia no ha desaparecido, simplemente ha cambiado de forma. En el puerto de Bueu está ahora el Museo Massó, instalado precisamente en los edificios más antiguos del complejo industrial.

El museo conserva instrumentos de navegación, maquinaria, documentos y objetos relacionados con la pesca y la industria del mar, recordando el papel que esta empresa tuvo en la economía y en la vida cotidiana de la zona. Lo que antes fue una fábrica donde se transformaba pescado es hoy un lugar donde se conserva la memoria de toda una cultura marítima.

Caminar hoy por Beluso es, en cierto modo, caminar por capas de tiempo. Bajo la calma actual aún se puede imaginar la actividad de otras épocas: los balandros cargados de sal acercándose a la orilla, las cestas de mimbre pasando de mano en mano, los barriles de sardina alineados frente a las casas.

El paisaje cambió, pero el mar sigue siendo el mismo. Y quizá por eso, cuando la marea sube y la ría recupera su silencio, todavía parece posible imaginar aquel antiguo bullicio de la playa: el ir y venir de los barcos, el olor de la sal y el trabajo constante de quienes hicieron del mar no solo un oficio, sino la historia misma de Bueu.

El Sr. Aurelio en su dorna. Fotografía de Staffan Mörling. La dorna, una embarcación tradicional típica de la flota de los marineros de la Isla de Ons, que había sido introducida por pescadores de Ribeira y Arousa en Ons y después en Beluso y Bueu.
Lucia Sotelo Nogueira
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Socia fundadora da Asociación A Illa dos Ratos.

Licenciada en Ciencias do Mar pola Universidade de Vigo.

Educadora ambiental.

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