UNA COMUNIDAD SOLIDARIA Y CON IDENTIDAD PROPIA.

Texto elaborado por Belén Quinteiro Martínez, Guía Oficial del Parque Nacional Marítimo Terrestre de las Islas atlánticas de Galicia. Fotografías obtenidas de diversas fuentes y que fueron hechas por Staffan Mörling, gran antropólogo sueco que realizó un gran trabajo de investigación sobre la Isla de Ons, especialmente sobre sus embarcaciones tradicionales. 

En los años 60 del siglo pasado la Isla de Ons contaba con una población asentada de más de 450 habitantes que formaban una comunidad solidaria y cohesionada con cultura, creencias y costumbres propias

Hoy vamos a conocer con detalle como era el día a día en la Isla de Ons en los años 60 del siglo pasado, cuando el censo oficial reflejaba la existencia de 464 habitantes y 77 viviendas repartidas en siete barrios: Caño, Curro, Canexol, Pereiró, Cucorno, Chan da
Pólvora y Centulo.

Fue la última época en la que la isla estuvo habitada, ya que, a partir de los años 70, las condiciones de vida más amables que había en el continente se impusieron al tradicional y duro estilo de vida en la isla. La población comenzó a marcharse con el consiguiente abandono de los campos y la playa se quedó sin sus características dornas, pereciendo esa manera de vivir de la que vamos a hablar hoy.

A VIDA NA ILLA DE ONS NOS ANOS 60
Carro de bueyes subiendo por la cuesta que da acceso al barrio de O Curro.

Algunos de los aspectos aquí expuestos coinciden con las costumbres del rural gallego de la época. Lo que sucede en la Isla de Ons se diferencia por su particular orografía y localización geográfica, su carácter insular y la gestión de la administración, llena de imprecisiones jurídicas a lo largo del tiempo.

La gente de Ons fue creando con el tiempo su particular sentido de comunidad. El grupo de trato más frecuente estaba formando por los miembros del hogar, resto de familia y los vecinos de la aldea. Usaban la palabra primo como sinónimo de una persona con la que les agradaba pasar el tiempo, por lo que al final en la isla resultaban ser todos primos.

Tenían sus propios símbolos con los que establecían una frontera que los haría diferentes a los habitantes del continente. Por norma general, los foráneos era tomados con desconfianza, esta idea es fundamental para la supervivencia de la comunidad.

La vida en la Isla de Ons, un ejemplo de una sociedad rural en la que siempre hay algo que hacer y donde las actividades están marcadas por las estaciones

Lo que vamos a ver a continuación es un paseo por la isla desde el otoño al verano, para conocer como era vivir “Alá, no medio do mar”, algo que aparece descrito perfectamente en el libro con mismo título publicado por el antropólogo Staffan Mörling y su esposa Josefa Otero Patiño, vecina de Ons

En el otoño el maíz guardado en los hórreos se enviaba a Bueu a moler y se mataba el cerdo para disponer de carne a lo largo del resto del año

Con la llegada del otoño, los días se hacen más cortos y la fiesta patronal de San Joaquín ya queda lejos. Las fincas de maíz ya están limpias y el maíz recogido está guardado en los hórreos para defenderlo de la humedad y conservarlo bien seco.

En la isla aún se pueden ver dos tipos de hórreos según su material: la mayoría de madera, similares a los de la zona del Salnés, y algún ejemplo de hórreo de piedra. Los hórreos de piedra aparecen en los años del hambre, cuando iban a la isla canteros de Bueu para trabajar simplemente a cambio de comida. Son los más grandes del Morrazo, están en el barrio de Canexol y forman parte del conjunto de la antigua rectoral y la escuela.

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Hórreo de piedra que podemos encontrar en el barrio de Canexol. Fuente Wikipedia.

El maíz se empleaba, sobre todo, como pienso para los animales, pero también se podían llenar sacos de grano que se mandaban por los barcos a moler a Bueu. La harina de maíz era devuelta a la isla y se le  pagaba al «muiñeiro» un importe por su servicio.

Antes de la matanza del cerdo, para aquellos que tenían suficiente terreno para cultivar, era el momento de sembrar el centeno.  Las familias que tenían pocas fincas para trabajar podían ser «caseiros» de otras casas. Trabajaban sus tierras y vivían en la casa a cambio de parte de la cosecha.

En esta época se hacía una de las matanzas, antes de la Navidad, que debía coincidir con luna menguante y marea baja. El ambiente era de fiesta, el cerdo de casa era sinónimo de abundancia para comer durante todo el año: lacón, tocino, costilla, jamones, hígado, o «chourizas» que era como le llamaban a las morcillas, entre otros. 

Los vecinos no faltaban a ayudar en la matanza para ver el tamaño del cerdo y verificar quien había criado el más grande. También eran invitados a empanada y pulpo, que después de una dura jornada de trabajo bien se agradecía

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Pescando pulpo en la Isla de Ons (1964).

La carne no acostumbraba ser el plato principal en las casas de la isla, se reservaba para los menús de celebraciones, pero por esta época, una vez matado el cerdo, si que podía haber empanada de zorza para comer.

Los inviernos en la isla eran muy duros por los temporales y muchos días no se podía ir al mar por lo que no había tanto pescado fresco

En invierno llegan los temporales y aún así, siempre que pueden las dornas salen a pescar. En los años 60, las familias ya tenían un pasado marinero y solían tener dornas que se convertían en su empresa.

Salir con la dorna suponía traer pescado para comer y también para vender como la robaliza o rodaballo, que estaban bien pagados. Por eso, estas embarcaciones eran su principal capital y en la playa más cercana a O Curro podían verse más de 30 dornas. Estas aguas siempre fueron un vivero natural único, donde el pulpo continúa siendo uno de sus platos protagonistas.

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Vista de la playa de las Dornas llena de estas embarcacións tan características de la Isla de Ons.

En los meses de invierno no había tanto pescado fresco, la alternativa era el pescado salado de las capturas de otros meses, como la maragota que se salaba y se clavaba en palos de metro y medio en los que se secaban en la cocina

También podía haber otro palo similar con el pulpo seco. Si por mal tempo el barco no venía para comprar las capturas o no podían ir a tierra a vender, se podía tener la suerte de contar con centollas en algún que otro almuerzo. 

El 24 de diciembre el ambiente era festivo desde la mañana. Por la noche no faltaba la celebración en O Curro, el barrio más cercano al embarcadero y donde sucedía toda la actividad social y económica de la isla. En las mesas, tazas de café y copas de licores en un ambiente donde se cantaban coplas a desafío y se bailaba hasta el día de Navidad.

Ya entrado el año nuevo, en febrero o marzo se hacía la primera siembra de patatas. Las cosechas daban patatas grandes y de buen sabor y suponían un ingrediente básico en las populares «caldeiradas» de pulpo o pescado que formaban parte de la dieta de los habitantes de la Isla de Ons.

Con la llegada de la primavera los días comenzaban a crecer, aumentaba la presencia de pescado en las comidas y pasada la Pascua se hacía la siembra del maíz en las fincas

En la tarde del domingo de Resurrección había movimiento por toda la isla. Era tradición que los ahijados le llevasen un buen roscón a los padrinos. La relación con los padrinos se alimentaba con cuidados mutuos desde pequeños. 

También era una ocasión aprovechada por los novios para salir en pareja. Cuando se casaba el ahijado, se invertía el regalo, y era el padrino el que llevaba a casa del ahijado casado un bollo.

Pasada la Pascua era el momento de sembrar el maíz en abril. En estos meses no se podían llevar las vacas a las fincas porque estaban sembradas. Había que ir al monte y tener cuidado de las vacas, por si se peleaban con las de algún vecino. Así lo cuenta Xosefa Otero Patiño ;

«estábamos unos cinco o seis en el monte con las vacas […] Era por la parte de fuera de la isla  […] al sur de Freitosa. Una de las vacas de otro joven se puso a pelear con otra de las mías  […] Su vaca estaba entre la mía y la pendiente, y como la mía podía más, empujaba la otra hacia atrás cada vez más, hasta que cayó por la pendiente al mar. Mi vaca se quedó mirando por donde había caído la otra y parecía que aún quería perseguirla. Con la vara […] no sé cuantos golpes le di, pero hice que retrocediese y la salvé de caer el mar […]. Después vinieron con una dorna a buscar la vaca caída al mar y la llevaron a despiezar.»

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Vista panorámica de la Isla de Ons.
En verano llegaban a la isla sardinas de los marineros de Bueu y Portonovo que se conservaban para consumirlas poco a poco y también se hacía la cosecha del centeno

Llegado el mes de junio, también llegaba el calor y el San Juan.  La costumbre de hacer hogueras era más difícil en la isla por la escasez de madera. A veces llegaba madera desde Bueu de los restos de algún aserradero. 

La poca que había era usada para calentar la casa en invierno y para cocinar. Por eso, las casas aportaban lo que podían y los niños acostumbraban coger lo que el mar devolvía para hacer las hogueras.

También llegaba el momento de la cosecha del centeno de aquellos caseiros que tenían campos para trabajar. El centeno se golpeaba con fuerza encima de una vela de la dorna, un arreglo curioso y efectivo para recoger de forma práctica el grano.

Cuando el centeno estaba alto y maduro, para que los niños no se metiesen entre las pajas altas, se les contaba que en estas fincas estaba escondido «o home do sangue» (hombre de la sangre) que bebía la sangre de los niños y «a muller do unto» (la mujer de la grasa) que les comía la grasa de la barriga.

El verano también se notaba por la presencia de sardinas que traían marineros de Bueu y Portonovo. Había casas que intercambiaban una cesta de sardinas por patatas y un poco de pan. Las sardinas se podían preparar en escabeche dentro de unos barreños y se iban comiendo poco a poco.

El final del verano llega con la Fiesta de San Joaquín, celebrada en Canexol, entre los dos hórreos de piedra ya comentados. La fiesta era la ocasión para bailar durante 3 o 4 noches seguidas.

Se traían fuegos desde tierra, así como los conjuntos musicales que venían a tocar a la isla. Abrían el baile con un pasodoble y el repertorio iba desde jotas y muiñeiras hasta las canciones del momento. La fiesta acababa después de muchas horas con los músicos bajando del palco tocando una marcha, dando varias vueltas al lugar con la gente detrás marcando el compás con las palmas.

Y ya de vuelta el otoño… Este era el modo de vida en los años 60 en una isla donde el mar era la fuente de dinero y comida, con una dieta que ahora llaman atlántica, en una isla que a veces no cubría todas las necesidades básicas, pero que sobrevivió con su particular sentido de comunidad.

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