Y DE REPENTE, ¡TODAS SON BRUJAS!

Texto elaborado por Liliana Cancelas Gargamala y Xabier Guardado Soliño, socios de A Illa dos Ratos y Guías Oficiales de Galicia. La imagen del encabezado del artículo es la obra “El aquelarre” de Goya.

Las acusaciones de brujería guardan relación con un ataque a la villa de Cangas que lo cambiaría todo 

Después del ataque turco-berberisco de 1617 la situación económica en la zona de la ría de Vigo, y sobre todo en Cangas, quedó muy reducida. Los nobles necesitaban recuperar los beneficios de las rentas que ya no percibían. Y en 1621 encontraron la solución: la Inquisición.

La Inquisición, o Santo Oficio, era una institución que velaba por el cumplimiento de la moral y la erradicación de la herejía. Entre sus funciones estaba la de controlar los barcos que llegaban a puerto por si traían libros prohibidos o incluso enfermedades. Y también, como todos sabemos, investigar los casos de brujería. Pero, ¿quién formaba parte de la Inquisición? Pues básicamente los nobles, ya fuesen clérigos o legos.

¿Cómo conseguía la nobleza obtener beneficios con la Inquisición? Porque a toda mujer acusada de brujería se le confiscaban sus bienes, incluidos los codiciados derechos de presentación (proponer a un cura titular cuando el puesto quedaba vacante y también participar de los beneficios que generaba la iglesia). Rápido y fácil. Así pues, sus víctimas eran escogidas entre las viudas desamparadas, siempre acompañadas de otras mujeres pobres para no levantar demasiadas sospechas.

Existen documentos redactados por los miembros de la Inquisición que hacen referencia a los procesos de las brujas de Cangas

 Las detalladas anotaciones que los miembros del Santo Oficio tomaban de estos procesos nos permiten conocer hoy en día las fases por las que pasaban las desafortunadas mujeres: acusar de brujería a aquellas que contaban con algún bien de interés para ellos; someterlas a un proceso inquisitorial donde eran declaradas casi siempre culpables de tener tratos con el demonio, participar en aquelarres o cualquier otra atrocidad; y una condena que podía ir desde el destierro a la quema en la hoguera.

El interrogatorio se realizaba bajo una tortura cruel durante la que muchas de las supuestas brujas confesaban los hechos de los que eran acusadas solo para que cesara el tormento. A veces, tras esta tortura, eran curadas por los médicos del Santo Oficio para poder seguir torturándolas una vez volviesen a estar en condiciones de ser interrogadas. Cabe destacar que todo el coste del proceso inquisitorial recaía en los acusados y en su familia.

 “Polos camiños de Cangas a voz do vento xemía: ai que soliña quedaches, María Soliña!”

El caso más famoso fue el de María Soliña, inculpada de ser una «bruja de toda la vida». Curiosa declaración si tenemos en cuenta que a pesar de convivir con representantes del Santo Oficio durante casi 70 años nunca hasta ese momento había sido acusada de tal hecho.

LAS BRUJAS DE CANGAS
Escultura dedicada a María Soliña en los Jardines de Andrea de Cangas

El tribunal de la Inquisición dictaminó la confiscación de todos sus bienes y la sentenció a llevar el hábito penitencial durante medio año. Pero, ¿cuál era el interés de la Inquisición en esta mujer? Pues, sobre todo, sus bienes inmateriales: ni más ni menos que los derechos de presentación en San Martiño de Moaña y San Cibrán de Aldán, heredados tras la muerte de su esposo Pedro Barba (en el ataque turco-berberisco en Domaio), y derecho de sepultura en el altar mayor de la colegiata de Cangas.

En este caso resulta algo curioso que su hija Dominga no fuese también acusada de bruja ya que, segundo la tradición, la brujería se transmitía de madres a hijas.

En todo caso, en la parroquia de Cangas no existen registros de la muerte de María Soliño. Una de las teorías que se barajan es que la hubiesen condenado al destierro y que muriese en otra parroquia. Otras fuentes opinan que María Soliña no sobrevivió a las torturas y que la Inquisición, ante la imposibilidad de verificar el auto de fe con su cuerpo, paseó por las calles un muñeco de paja y cartón montado en un burro.

La historia de María Soliño perduró en el tiempo y sirvió de inspiración a diversos autores que no la retrataron como una bruja si no como una mujer desafortunada.

Celso Emilio Ferreiro, por ejemplo, habla de ella en uno de los poemas de “Longa noite de pedra”:

 

Polos camiños de Cangas

a voz do vento xemía:

ai que soliña quedache,

María Soliña

As ondas do mar de Cangas

acedos ecos traguían:

ai que soliña quedache,

María Soliña

As gueivotas sobre Cangas

soños de medo tecían:

ai que soliña quedache,

María Soliña

Baixo os tellados de Cangas

anda un terror de auga fría

ai que soliña quedache,

María Soliña

Hubo procesos contra otras mujeres como Elvira Martínez, de Darbo o Catalina de la Iglesia, de Coiro, que también pasarían a ser consideradas como parte del grupo de brujas de Cangas

Elvira Martínez, soltera, de 50 años, fue denunciada por «bruja, meiga y otras cosas» por la llamada Justicia Seglar en 1625. El comisario del Santo Oficio de Santiago reclamaría el caso para el Tribunal de la Inquisición y ésta “ordenó al juez seglar de Cangas que no ejecutase la sentencia de muerte que tenía dada contra esta reo y que remitiese los autos”. De esta forma, Elvira salvó su vida e ingresó en las cárceles secretas el 5 de agosto de 1626.

Dos días después, en su primera audiencia en Santiago, declaró ser cristiana vieja y, tras ser sometida a tortura, que, a la edad de 20 años, instigada por otra persona, se casó con el demonio que tenía forma de hombre y que le prometió muchas riquezas. El 15 de enero de 1627, el fallo del Tribunal de la Inquisición fue vestirla con hábito penitencial e insignias de bruja en acto público de fe.

Varios meses después, el 14 de mayo, se celebró el auto de fe en la misa mayor de la catedral de Santiago. Al día siguiente, se presentó en la Audiencia y, dado que ya no tenía bienes, se le quitó el «sambenito» y la enviaron a la justicia seglar de Cangas con instrucciones de que Elvira Martínez no sería castigada más por el delito de bruja.

LAS BRUJAS DE CANGAS
Obra de Goya titulada “Por haber nacido en otra parte”.

Catalina de la Iglesia, natural de Coiro, fue condenada primero a ser atormentada y luego a ser quemada en la hoguera por la Justicia Seglar de Cangas pero, antes de cumplirse el veredicto, fue reclamada por el Comisario del Santo Oficio de la Inquisición y fue trasladada a las cárceles secretas de Santiago de Compostela, el 5 de junio de 1626.

 

A primeros de agosto declaró ser «cristiana vieja, bautizada, casada y vecina de Coiro; que había dado muerte a cinco criaturas” en la Audiencia del Santo Oficio. Confesión que revocaría en una segunda audiencia alegando que había hecho esas declaraciones después de ser torturada y obligada a admitir aquello por lo que la acusaba. Tras la audiencia, Catalina fue llevada de vuelta a la cámara de tormento donde diría: “que se acordaba de que su madre, con otras mujeres ya difuntas, la llevaban a las Areas Gordas, siendo de edad de veinte años, y que allí bailaban y se holgaban de noche, habiendo concurrido a estas fiestas tres veces, por la mar, en un barco que guiaba el demonio en forma de cabrón”.

 A pesar de que el Consejo del Santo Oficio había enviado a Catalina de la Iglesia al juez de Cangas, indicando que estaba absuelta y que su causa había concluido, “en 8 de mayo de 1628 años, murió Catalina de la Iglesia, mujer de Juan Martínez, molinero, vecino de esta feligresía, y murió en la cárcel de Cangas, asentenciada a castigar por meiga y reconciliada por la Inquisición; enterrose de noche, junto al adrio desta Iglesia, y por verdad lo firmo.- Pº del Palacio Arredonde”.

Contrariamente a lo que podamos pensar, la historia continúa…

La Inquisición Española fue oficialmente abolida en 1834, pero la Inquisición sigue existiendo. La antigua Congregación del Santo Oficio, órgano de la Curia católica, fue convertida por el papa Pablo VI (1965) en la «Congregación para la Doctrina de la Fe», que aún vela por la correcta doctrina católica en la Iglesia. Centrada hoy en un plano meramente teológico, lejos quedan ya, afortunadamente, las aplicaciones terrenales de la justicia divina.

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